El fetiche de flash

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Este no es un post acerca de Flash, bien entendido: Macromedia/Adobe Flash. Muchos han escrito -y muy bien- sobre las ventajas y las desventajas de tal software, por lo cual, al menos hoy, evitaré meterme con tan espinoso tópico que ha llegado a tener la cualidad de constituirse en una suerte de test universal de personalidad. Con una simple pregunta: Flash ¿sí o no?, ya sabemos todo acerca de nuestro interlocutor. Y si bien este test podría hacerse extensivo, se trata aquí de algo mucho más amplio, que tiene que ver con la disponibilidad de las tecnologías y su uso. Y para ello va un pequeño ejemplo histórico.

Cuando los hermanos Lumière descubrieron que podían registrar imagen en movimiento se divirtieron largamente realizando los más estúpidos cortos jamás hechos. La posibilidad de captar acciones que reproducían la linealidad temporal los llevó a jugar con eso. Los cortos consistían en trenes que avanzaban, simples trucos de cámara o demoliciones reproducidas al revés: en resumen, algo que impresionara por su dramático realismo al ser visto en una pantalla a escasos metros. Los visionarios hermanos fueron lapidarios con su invento: creyeron que sólo sería una diversión de feria pasajera. Tiempo tuvo que pasar hasta que otros descubrieran el poder narrativo de la imagen, más allá de su efectismo (posible). Las apariciones del sonido, color y cualquier tecnología de efectos especiales tuvieron, en lo sucesivo, las mismas consecuencias y muchas de las peores películas de la historia se deben a esto: una primera etapa de admiración primitiva en la que la obra se subordinaba al efecto. Con los años el fervor decantaba y surgían los que entendían que el arsenal de efectos están allí para ser utilizados en favor de lo que se quiere contar, y no al revés. Es la única forma de entender cómo el cine se convirtió en un “arte” y dejó de ser un mero entretenimiento de feria.

El caso del cine es sintomático y se repite sistemáticamente en la web. Por supuesto que algún que otro “visionario” no se deja enceguecer por la novedad, pero todos tenemos algún momento de romance y fijación con algún nuevo “esto es lo que se viene” virtual, y lo queremos aplicar a cualquier cosa. Es lo que hoy llamaríamos “fetiche flash” o “síndrome de los espejitos de colores”: todavía no entendí el verdadero alcance de esta tecnología pero la quiero ya, la quiero para todo, la adopto sin matices, la aplico sin pensar. Por supuesto, esa nueva tecnología sirve para tal o cual cosa, ¿pero realmente sirve a mis objetivos?

Cada tecnología delimita un campo de acción, sea cual fuere, tiene usos posibles y restricciones, ventajas y desventajas. No hay una fórmula universal. Y eso es lo más divertido: como en un juego de estrategia, las limitaciones marcan el campo de acción dentro del que hay que jugar y el que debemos exprimir para sacar el mejor provecho. De eso se trata. Muchos dicen “quiero una página hecha en Flash”, “quiero presencia en Facebook”,  o para ser más claros “quiero estar en SecondLife” o “quiero un canal en irc”. Si los últimos dos ejemplos suenan ya ridículos, no sé por qué no habrían de resultar extraños los dos primeros.

El punto de todo es entender qué queremos hacer, cuáles son nuestros objetivos, qué uso esperamos que se haga de nuestro producto o qué servicio queremos dar en la web (seguro me dejé algo afuera). A partir de ahí, entender a fondo las tecnologías (o acudir a alguien que las entienda) y ponerlas a disposición de mi proyecto, según qué sea lo más conveniente. Sólo así lograremos conseguir lo que queremos, ahorraremos dinero y evitaremos evidenciar nuestro desconocimiento ante un target cada vez más capacitado y mordaz.


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