Web2.0: el valor de la comunidad
En el último post empecé a problematizar algunas nuevas convenciones introducidas por la generosamente llamada Web 2.0.
El punto central es simple. En 10 años cambiaron las formas de concebir, de percibir y de desear la web. Cambió lo que valoraríamos como una “buena página”. Pasamos de sitios autónomos y relativamente aislados a verdaderos espacios superpuestos anclados en comunidades mucho más vastas. Por lo tanto, y de manera reduccionista, podríamos decir que cambió la forma de hacer las cosas bien.
Lo que estoy planteando son dos extremos de un proceso. Antes, anclados en conceptos ajenos a las redes, estabamos en el feudalismo virtual. A pesar de que habíamos proclamado la World Wide Web, cada sitio (¡miren ese nombre!) intentaba crecer lo máximo posible, de los muros hacia adentro. El comercio con otros feudos era escasísimo. Hoy hemos tendido más interconexiones que nunca antes, y lo hacemos con soltura, a sabiendas de que es algo distinto a lo anterior, y positivo. Usamos tecnologías desarrolladas por otros, compartimos contenidos, login IDs, editamos trabajos que empezaron otros y que otros seguirán. Ya no estamos atrincherados defendiendo nuestro tesoro, porque descubrimos que el tesoro es otro.
Fundamentalmente, en este post quiero hacer hincapié en las comunidades como eje central de estos cambios. Defino rápidamente qué entiendo acá por comunidad: un conjunto de personas interrelacionadas de alguna manera por ser usuarios estables y fieles de un servicio que los liga. A esto se le pueden dar mil vueltas y agradezco correcciones. El punto central es que una comunidad es una masa crítica de gente que comparte algo. O llevémoslo al extremo y digamos “masa crítica de gente”.
Ahora, ¿cuál es el punto? El punto es que nada en la historia ha funcionado sin una “masa crítica de gente” que lo sostenga. Por lo tanto, todo emprendimiento (comercial o no) gastará varios de sus cartuchos en reclutar seguidores, consumidores, usuarios, simpatizantes, etc., es decir, en juntar su propia masa crítica de gente. Acá finalmente entra en juego la web 2.0 y todo lo que la acompaña.
Uno de los motivos para abrazar los nuevos conceptos, apropiarse de ellos y exprimirlos es la comunidad. Hoy en día hay que pensar nuestros proyectos en torno a estas comunidades preexistentes por un simple motivo: evitar entrar en competencia con ellas por una masa crítica propia de usuarios. El pensamiento es simple, en lugar de restar vamos a sumar, optimizar, simplificar. En lugar de desgastarnos reclutando fieles exclusivos, reclutamos fieles compartidos. Mucho más fácil y más lógico. Veremos por qué.
Una comunidad implica una vasta red de información compartida, almacenada y en cierta forma ordenada durante un largo tiempo, que podríamos denominar “suerte de inteligencia artificial”. Personas con gustos e inquietudes similares se encontrarán más fácil a través de contenidos generados horizontalmente por ellos. Eso quiere decir que nos encontrarán más fácilmente a nosotros si hay afinidad. Como toda esa actividad de los usuarios es el insumo principal de aquella inteligencia artificial, agrandar la comunidad, sumarse a esta, aportar, es positivo para todos. En cambio, bregar por una comunidad propia, es un gasto inútil de energía, ya que, por un lado, fragmenta la información, y por otro, implica grandes esfuerzos para “convertir” nuevos usuarios. Además, el atractivo que el usuario encuentra en pertencer a una comunidad limitada es mucho menor y por lo tanto, menor la posibilidad de captarlo.
La moraleja en dos palabras: mejor utilizar social media que ignorarlos. Hoy es ahí dónde están los usuarios.
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