Pequeño elogio de Twitter o el microblogging como un juego

  • Sharebar

Últimamente se habla en todos lados de Twitter. Para bien o para mal, es el nuevo fetiche web de los medios, los consultores, las agencias, los bloggers, y también de la gente que habla de segunda y primera mano. Poco me interesa discutir el interés de negocio, marketing o poderío comunicacional, viralidad y tantos otros conceptos en boga. De eso ya se dicen muchas pavadas y algunas cosas inteligentes. Y por supuesto, como ha recalcado mi compañero en Space Invaders, ya hay también una apropiación, abuso y deformación insoportable por parte de los mismos de siempre.

El primer mandamiento

Lo que vengo a rescatar es otra cuestión, meramente lúdica o estilística; un ensayo de respuesta para los defensores y los detractores del “qué se puede hacer en 140 caractéres” (que también aplica para el SMS y otros tipos menos conocidos de mensajes telegráficos), para los que dicen que nada sustancial puede decirse en tan poco espacio y para los que dicen cosas poco sustanciales en ese escaso espacio. Todo juego empieza con una regla, ¿no? Vengo a redimir el espacio de juego que se abre en este caso con una simple restricción material: no es posible superar los 140 caracteres.

El juego

Augusto Monterroso, maestro del microcuento

No voy a ponerme a dar ‘cátedra de goma’ de literatura, pero muchos formatos clásicos se basan en rígidas restricciones materiales, dos de los más conocidos: sonetos y haikus. También existen géneros (técnicamente no son géneros, pero hagamos la concesión) como el microcuento, e inclusive dentro del periodismo los ‘titulares’ y los ‘sueltos’, cuyas reglas son un poco más flexibles. Todos tienen en común la restricción de espacio. Evidentemente,  el más paradigmático de todos los mencionados es el haiku. Compuesto de apenas 17 sílabas, es fácil sacar las matemáticas: todo haiku puede twittearse. También pueden twittearse formas “menores” como los aforismos. Ok, esto ya se entendió, ¿pero qué tiene de bueno esto?

Lo divertido

Toda la vida disfruté de la comunicación. Una de las primeras manifestaciones fue la pasión por encontrar la palabra justa para decir algo. Esa pasión era la expresión de una serie de principios estéticos (¿y éticos?) más profundos: decir lo justo enaltece lo dicho. Tiempo más tarde, explicaciones saussureanas (o sistémicas, como ustedes prefieran) agregaron sustento teórico a lo que yo creía: el valor de una palabra se define en relación a las otras palabras disponibles. Para el caso, elegir no poner una palabra o elegir ponerla tiene sus consecuencias semánticas, y el autor debe pensarlas para tomar la decisión.

SMS (monstruosamente) ejemplar¿Y el Twitter qué tiene que ver? Los más apocalípticos han señalado que por culpa Twitter y SMS la gente cada vez escribe peor. Dejenme decirles una cosa: la culpa no es de Twitter, sino de la gente. Yo disfruto enormemente del desafío de transcribir lo que estoy pensando en 140 caractéres y de la manera más fiel. La restricción me obliga a una reflexión sobre el uso de las palabras, me obliga a una búsqueda por el vocablo más adecuado, me lleva a borrar lo que está de más y a depurar el mensaje. Y eso me gusta, me gusta ese juego. Ahora otra cosa es explayarse como en este artículo. Acá mi regla es “ser lo más claro posible”. No escatimo tanto las palabras y soy bastante redundante. Este género no es poético, es más bien informativo (‘referencial’, dirá Jakobson).

Consejo final: otra regla para el juego

Para los maestros horrorizados con el SMS, sean piolas, conviertan el aparente obstáculo en otra forma de aprender. Mi placer se hallaba en que a la regla explícita se sumaba una regla personal. Pues bien, agreguen una regla más. Propongan a los pibes que escriban mensajes de texto bien escritos, propongan que el ganador será el que logre expresar un concepto complejo, de una manera correcta y en la menor cantidad de caracteres. Discutan las formas de acortar mensajes, de borrar redundancias. Distingan lo negociable en una frase de lo imprescindible. En definitiva, reflexionen sobre la comunicación verbal. Y si todo esto les chupa un huevo, al menos no puteen más contra Twitter o el SMS. Están avisados. Eso sí, para los más grandes no hay cura: k t pnsabas?

El autor de esta nota se aventura en el microcuento.