Efectos residuales del Social Media: El Activismo Light
Desde el Gaffe de la elección de Irán que tengo ganas de escribir un post al respecto de un efecto de las “revoluciones” modernas en las redes sociales.
Para aquellos flojos de memoria: en las últimas elecciones nacionales en la ex-persia hubo diversas acusaciones de fraude. El análisis electoral y político lo dejo para aquellos expertos en esos temas.
Lo cierto es que a partir de eso y las revueltas que se generaron se intentó “dar apoyo” a través de las redes sociales solidarizándose con los disidentes poniéndose los avatares verdes, cambiando la ubicación en twitter a Irán para confundir a las autoridades (!!!!) y usando el hashtag #iranelection.
El asunto tomó tanta notoriedad que el Departamento de Estado Norteamericano le solicitó a Twitter que mantuviera la infraestructura funcionando a toda costa. Fea hubiera quedado una Fail Whale en medio de tanta publicidad negativa en contra de un régimen que cae tan poco agradable.
Si uno rasca la superficie la mayoría de las acciones por parte de la población mundial fueron simpáticas, por ser generoso con el calificativo.
El mundo no se cambia desde la comodidad del living de la casa.
Más allá de la legitimidad del reclamo y de demostrar preocupación y apoyo, el resto de las actividades sirve de poco más que de auto-engaño, para convencernos de que somos activistas que apoyan causas justas…
¡Twitteando!
Uno no se transforma en activista por usar un hashtag, escribir un par de mensajes elocuentes y, acto seguido, compartir el último video de Lady Gaga.
Activismo es compromiso, es riesgo, es creer en una causa y luchar por ella. Es dejarse apalear como lo hacía Ghandi, realizando la acción más fuerte (y más humana) que el mundo haya visto en su historia.
Activismo no es comentar. Activismo no es cambiarse un avatar, o querer, de forma muy ilusa, que el gobierno Iraní (o cualquier otro) no se va a dar cuenta que John Smith o José Perez no son Iraníes por más que su perfil en Twitter diga lo contrario.
El universo edulcorado en el que nos sumergimos nos hace creer que con eso basta. Pero no. Son distracciones, son pildoritas de analgésicos que nos recetamos para sentirnos un poco menos mal. Si realmente sintiéramos compromiso con alguna de estas causas exigiríamos a nuestros gobiernos acción, a nuestras compañías que dejen de comerciar veneno (en forma de petróleo, armas, switches de Internet y herramientas de deep packet inspection entre otras) con estados que no dudan en asesinar a su población.
Pero claro, todo ello representaría para nosotros sacrificar comodidad. Maten un par de Libios, pero no me priven de subirme al auto. Repriman sangrientamente en Baharein (ese faro de civilidad en medio del golfo pérsico, ¡ha!), pero vamos a ver para cuando reprogramamos el gran premio de Fórmula Uno.
Podría argumentarse que tanto ruido logra poner en las agendas informativas ciertos temas. Puede ser, pero resulta que los noticieros son nada más que otra forma de entretenimiento. Al final del día más allá de una tibia intervención de la ONU a los rebeldes libios los siguen masacrando de a cientos. No se logró nada.
Me arriesgaría a aventurar que estamos hoy mucho más inmunes a sentir el dolor ajeno justamente por esa invasión de información y desinformación.
Más allá de poder enterarme de más y más trivialidades de conocidos y no-tan-conocidos por seguirlos en una red social no tengo la sensación de que el aumento en el acceso a la información nos esté ayudando como género a ser más comprensivos o empáticos con nuestros pares. Muy por el contrario, la trivialización de todo y el creer que “estoy ayudando con mi tweet” (si es que eso) crean barreras muy difíciles de franquear.
Nos enteramos de todo más rápido, pero nos olvidamos de todo mucho más rápido. ¿Hace cuantos días que Libia no es, por ejemplo, un trending topic, esa post-moderna medida de relevancia?
Mi última argumentación pública tuvo que ver con la hora de la tierra (“Earth Hour”), un stunt publicitario pensado para dar promoción al ahorro energético y, por ende, a la disminución de la polución.
Todo muy lindo, pero, si apagamos las luces una hora un día al año pero todos los días nos subimos a los coches, infestamos las autopistas, seguimos comprando productos que terminan tirados en un país africano ¿de que sirve?
El movimiento ecologista surgió en los 60’ y ha tenido un par de momentos de gloria publicitaria. Hoy se genera muchísima más polución que hace 50 años. ¿De qué sirve? Claro, para desplazar industrias de alto impacto ambiental de países donde el costo político (ahem, impositivo) es muy alto a otros donde se invita a crear chimeneas y caños de vertido de fluidos.
Seamos, al menos, honestos con nosotros mismos, el cambio empieza por casa, pero no twitteando, arranca sacándonos de nuestra comodidad y pensando, actuando y exigiendo.
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