Las aporías de la elección política

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Vivimos en un sistema representativo republicano con elecciones periódicas, relativamente democráticas. Periódicas: de tanto en tanto, se nos impone la posibilidad y la obligación (el voto es obligatorio en Argentina) de participar de manera directa en la elección del rumbo del país a través de la emisión del voto. Entonces nos ponemos a calcular sesudamente las tácticas[ver De Certeau] posibles para nuestro único, débil y atómico voto. Nuestro objetivo es modesto, pero, en el mejor de los casos, sentimos que ese grano de arena es fundamental para influenciar el curso de la historia. Y así comienzan las discusiones entre amigos, colegas y familiares…

Algunos modos de pensamiento suelen ser vectores en este juego. Están las restricciones negativas: no votar a alguien en concreto. Dentro de este género, podríamos clasificar al llamado voto ‘castigo’, que consiste en orientar la votación en contra de alguien (que posiblemente tenga chance alguna de ganar). Su opuesto, el voto positivo, es votar por un candidato porque efectivamente se lo quiere ver gobernar, lo que se convierte en motivo de acaloradas disputas. Es que, debido a una corrupción endémica, es difícil sostener que realmente se desea que determinada persona, junto con su entorno, se instalen en el poder. También hay votos comprados, sea por compra, clientelismo o por interés directo; y votos resignados, regalados a alguna minoría. Y no me olvido del vilipendiado voto en blanco, muchas veces otra variante negativa. En la mayoría de los casos, la lógica es de anverso y reverso, y llega incluso a tornarse perversa.

En el caso argentino, el problema de la corrupción es innegable desde todo punto de vista e indiscutible para cualquiera que tenga información de primera mano sobre el mundo político. Pero a este problema, se le suma otro, el mito de la gobernabilidad. La gobernabilidad, cabe aclarar a los lectores no argentinos, es un fantasma agitado por el partido mayoritario, el mundialmente conocido partido peronista. Consiste en sostener que cualquier otro partido sería incapaz de gobernar, debido a las dispersión y multiplicidad de actores duros con los que se debería lidiar para tener una gestión pacífica. Resulta que este relato instala la idea de que la única fuerza con un poder negociador suficiente (en un amplio sentido del término, que incluye las más oscuras aristas) es el mítico e insondable peronismo. Esto en gran parte se explica porque la mayoría de esos complicados actores duros de la política son miembros del peronismo. Y en definitiva, la gobernabilidad es la palabra que inventaron los peronistas para explicar un fenómeno del que son causa directa, y al que se proponen como única solución. Más arriba dije ‘fantasma’ y también ‘mito’, y muchos dirán, con razón, que de mito no tiene nada, que se ha demostrado múltiples veces (sino preguntenle a Alfonsín y De la Rúa) esta perversa mecánica de poder. Pero hice uso deliberado de esas palabras, para hacer hincapié en la fuerza orientadora de ese relato instalado, que se filtra en cada elección.

Ahora volvamos a los votos. Supongamos por un momento que el votante afligido y comprometido ha de rechazar la corrupción. El problema es que ese rechazo lo pone ante una situación sin solución, ya que debe emitir un voto, pero no existe candidato limpio. Entonces, empieza un sistema de evaluación extraño, en el que se es cómplice, por acción u omisión, de la validación de la corrupción estatal. De esas bases viciadas surgen las más rídiculas contradicciones, como votar al que se cree (basado en meras apariencias) menos corrupto (¿existe una escala de corrupción?), aún cuando ese candidato no represente en nada las convicciones políticas del votante. Por ejemplo, algunos, este año, se sentirán muy patriotas por no votar al oficialismo: no se trata sólo de políticas, se trata de corrupción, autoritarismo, populismo, e inclusive ‘piel’. Sin embargo, estos patriotas son capaces de votar a alguien completamente contrario a ellos, por el sólo hecho de ‘sacar a la yegua’. Suele ser la lógica del ‘votar al segundo en las encuestas’, sin importar quién sea. ¿Un clavo saca a otro clavo? Al parecer, al menos en política, para muchos es mejor malo por conocer que malo conocido.

Por otro lado, existe el votante político, pragmático, conocedor. No ignora la corrupción, se ve como alguien que no es ingenuo, y que por eso, va un paso más allá: la corrupción es algo dado, y por lo tanto, se la debe colocar al costado, o como sólo un factor más de la ecuación electiva. Con esta premisa, el pragmático evalúa la faceta más visible del candidato, de su trayectoria, de sus propuestas. Es más proclive a votar según sus creencias en lo que debe ser un Estado, sin dejar de poner en la balanza otros factores, como la propia corrupción, la coyuntura interna y externa, y las posibles consecuencias de una gestión según una situación dada, o, en típicas palabras del conocedor, histórica. El conocedor suena convincente, y hasta parece más inteligente que el resto. Es el típico perfil del analista que escribe en medios. Pero hay un problema: este punto de vista, por su permanente aceptación de la corrupción como una variable más, la termina naturalizando dentro del paisaje de la política. ¿Y cómo eliminaremos la política si la aceptamos sin más? Lo que nos lleva al siguiente votante.

Existe un tipo de ciudadano que dice no tolerar para nada la corrupción. La rectitud es su principal valor, y la rectitud tiene una premisa: negociar ante la corrupción es ceder, y ceder es participar, ser cómplice. Personalmente creo que en gran parte tienen razón. El problema del enfoque pragmático es que es difícil sostener que la vía para eliminar la corrupción sea aceptarla (aunque me queda la esperanza de que se pueda ir hacia una política más limpia sin meterse en términos maniqueos). Por el contrario, el ciudadano ético, está en un callejón sin salida: si vota, avala la corrupción, si no vota también (sea en blanco o por ausencia). La intransigencia te expulsa del juego democrático, y la ausencia del juego vuelve a ser funcional. En otras palabras nunca se van todos. Además, cabe aclarar que el votante ético suele ser un hipócrita: hay más gente levantando la bandera de los valores que gente ejecutando una vida con valores, pero eso es (sólo en apariencia) otro tema.

Del voto comprado, no vale la pena aclarar más: existe gente que vende su voto y gente que tiene un interés directo en que determinada facción gane el poder. Estos últimos son los que conseguirán un trabajo o un contrato con el Estado si éste logra ser controlado por sus amigos. No obstante, contra el lugar común del voto comprado como una práctica que funciona con los pobres iletrados, cabe contar del caso de un joven de clase media-alta, estudiante universitario, que estaba dispuesto a vender su voto. Aquí no se trataba sólo de un par de zapatillas o de un choripán: el descreimiento y el cinismo pueden llegar a tal punto que alguien puede ver en la venta de su voto, una especie de burla al sistema. Las paradojas, cortesía de la casa.

En todos las hipótesis parece haber un claro ganador: la corporación política. A pesar de las apariencias, el ciudadano común se olvida (o necesita olvidarse) de que detrás del teatro de peleas hay un interés común al político, que lo acerca más a sus presuntos adversarios que a los ciudadanos que representa ante esos adversarios. El político necesita, por definición, un pacto de silencio con respecto a la corrupción: enjuiciar al anterior podría significar ser el próximo. Es mejor tener un código: no meterse con la corrupción. Todo lo demás está permitido.

¿Cómo podemos vivir entonces creyendo que una elección cada 2, 3 o 4 años puede ser la solución de nuestros problemas? La pequeña esperanza y la angustia al votar son síntomas de todo lo que intenté explicitar: sin encontrar las palabras, sabemos que algo no nos cierra. Sabemos que somos libres a la hora de elegir la boleta, sabemos que ya nadie nos pone un arma en la cabeza para votar. Sin embargo, nos sentimos atados. Es que este mercado del voto es un mercado imperfecto. No hay información disponible, porque vivimos bombardeados por una red de desinformación que termina licuando la posibilidad de una verdad. No mejora por la oferta y la demanda, porque es oligopólico, y por eso, por su propia dinámica, nunca habrá oferta para el votante ético, para el que, por sobre todas las cosas, desea comenzar por erradicar la corrupción, desea propuestas sensatas, desea -alguna vez en su vida- no tener que estar pensando en el verdadero motivo detrás de tal o cual política. Vivir la vida representativa, republicana y democrática como el gesto de elegir y ensobrar una boleta de de vez en cuando es parte del error. Si nos limitamos a intentar combatir los vicios del estado con el menú que nos propone esa misma estructura viciada, vamos camino a seguir quejándonos (y hablando boludeces) en foros, comentarios, blogs, y medios masivos sin cambiar nada. Que quede claro, con ‘menú que nos propone’ -y hago un mea culpa- quiero hacer explícita referencia a la pasividad que implica esa actitud. Mientras esperemos que llegue mágicamente el día en que se postule (y mida bien en las encuestas) un candidato y todo un partido pulcro, capaz de limpiar la corrosión del Estado, estamos fritos. Seguiremos siendo cómplices de esta pantomima social que clamamos combatir. Por el contrario, si deseamos un cambio real, deberíamos involucrarnos realmente, en algo, aunque sea pequeño, pero algo concreto, con impacto real. No tiene que ser la política en sentido tradicional. Puede ser formar parte de una ONG, impulsar una causa y hasta, me atrevo a decir, empezar a tener un compromiso personal en la vida cotidiana (¿respetar las normas de tránsito, les suena?). El solo hecho de sentarse a pensar es un avance tanto mejor que sentarse a esperar. Hay que dejar de enarbolar el voto como un acto mágico y poner las manos a la obra para hacer algo efectivamente por mejorar. Y por sobre todas las cosas, hay que rechazar de planto toda hipocresía. No puede uno beneficiarse de este sistema y luego rasgarse las vestiduras por sus miserias.

  • http://estebanglas.com Esteban Panzeri Glas

    Orbito entre la tipología II y la III de votante. Definitivamente no ejecería un voto castigo, pero, lejos de querer ser cómplice de la corrupción, considero que debe haber un grado de pragmatismo en el voto: al fin y al cabo se elije a burócratas.

    Coincido plenamente con que hay que involucrarse de manera mas directa que “solo votando”. Pero, en lo personal, aún no encuentro la manera.

    Creo que se puede resumir todo en: “lo que necesitamos son mas ciudadanos RESPONSABLES”