“Sin desviaciones de la norma el progreso es imposible”.
Cuesta agregar algo a tan acaba síntesis de uno de los mayores problemas universales: la resistencia al cambio. Mucho se escribe y se escribió del tema. Desde biología hasta sociología, pasando por la los estudios históricos.
Desde Darwin y llegando al último libro de Jared Diamond, las preguntas en retrospectiva acerca de las razones que llevan a especies, individuos o sociedades a no reaccionar a los cambios que los rodean a tiempo ni adaptarse a ellos efectivamente.
La respuesta simple y corta es: no es nada fácil cambiar.
Como especie estamos muy pobremente adaptados a percibir macro-cambios (señalados, muchas veces, por micro-indicios). Es entonces que es recién cuando recapitulamos que podemos determinar patrones y razones.
Philip Tetlok, analizando estadísticamente las predicciones de expertos en materia económica encontró un par de indicios reveladores:
- Los pronósticos realizados por los economistas no estuvieron más cerca de lo que ocurrió que aquellas escogidas al hacer por una máquina.
- A mayor fama y reconocimiento del experto mas desacertadas sus predicciones.
- Aquellos muy identificados con una forma de pensar (sin importar cual sea) tienden a querer forzar a que la realidad se adapte a sus opiniones preconcebidas cayendo en irracionalidades.
- Quienes más tardan en adaptar su pensamiento al cambio daban, estadísticamente, peores pronósticos.
En resumidas cuentas: en tiempos de cambio aquellos que saben reinventar su pensamiento son los que sobresalen y aciertan.
Es muy común leer a analistas que en sus trabajos hacen poco más que intentar demostrar como su punto de vista es acertado, dando enormes vueltas argumentales para llegar a una conclusión que se adapte a lo que ya creen y ya saben, en lugar de aprender de la situación.
Lo interesante es que el pensamiento único -sea cual sea- puede funcionar muy bien. Mientras las condiciones son favorables la unidireccionalidad que caracteriza ese enfoque logra avances importantes. Los problemas surgen cuando el medio cambia.
Así como el saber popular indica que “no conviene poner todos los huevos en una sola canasta”, refiriéndose a recursos, lo mismo aplica al pensamiento.
La homogeneidad de pensamiento es contraproducente al mediano y largo plazo, cuando las probabilidades de cambio aumentan.
El pensamiento único es, entonces, una concepción concebida para el fracaso. Ya sea en cuanto a gobiernos, corporaciones o individuos, tener una sola forma de pensar es una pobre estrategia.
En las empresas, cuando se habla de la “cultura corporativa”, en la mayor parte de los casos se refiere a una forma única de pensar, resolver problema y hacer dinero. Son pocos los ejemplos de compañías en las que la cultura corporativa signifique diversidad de pensamiento y adaptación al cambio.
Los ejemplos son aún más escasos en partidos políticos o gobiernos.
Tal vez llego la hora de reinventar la forma en que gobernamos nuestros países y corporaciones para que la diversidad de ideas y enfoques esté incrustada en el entramado de las instituciones.
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