Charla en el bar, deporte nacional (escena de El Secreto de sus Ojos)

Costo de vida, inflación, subsidios: contradicción en boca de todos

Recientemente tuve una epifanía: algunas percataciones inconexas por fin se encontraron para revelarme con claridad la fuente de mi incomodidad. Se trata de esas observaciones de bar, de la vida cotidiana, de charla de domingo y ahora también, como si nunca hubiesemos tenido la oportunidad de expresar nuestras fútiles opiniones, de las redes sociales.

El conciudadano que ha tenido la suerte de viajar, o que ama conectarse con el mundo mediante noticias internacionales, no duda en hacer “economía comparada” para diagnosticar la situación nacional (un deporte que se practica tanto como el fobal). Así, rápidamente y con el rigor del INDEC (el actual), dispara máximas sobre los precios en Argentina.

Uno meses atrás, por ejemplo, tuve el agrado de escuchar a un hombre en el aeropuerto de San Pablo. Él venía con su familia (yerno incluido) desde Miami. Tras pagar su mujer con tarjeta por una ronda de cafés para todo el grupo, se dio el siguiente diálogo: “¿Cuánto está el real?”, le pregunta la esposa tarjeteadora , a lo que él responde “3 o 4 pesos” (la cotización en ese momento era de 2,5). Acto seguido, hace un par de cálculos y, para relativizar su reciente compra, corona la escena con un “si en Buenos Aires un café cualquiera te sale no menos de $20″ (cabe aclarar que un café en ese entonces podía costar cerca de $10, quizás $15, pero seguro no $20).

 

Charla en el bar, deporte nacional (escena de El Secreto de sus Ojos)

Charla en el bar, deporte nacional (escena de El Secreto de sus Ojos)

Con este rigor opinamos diariamente y concluimos que la Argentina “ya es más cara que [inserte país]“. Como fue el caso de la reciente nota sobre el precio de la leche, que me exasperó por ver con qué ligereza la gente extrapolaba grandes conclusiones, basadas en… un dato falso (se podía adquirir leche fluida Sancor y La Serenisima en cualquier carrefour por menos de lo que “revelaba” la nota, pero eso no pareció incomodar a nadie). [Ojo, acá se mezclan varias cosas, pero considero que el periodismo no puede estar falto de tanto rigor. Aunque la diferencia fuera de 6,25%, no dejaba de sorprenderme tal dato, para un producto que consumo habitualmente a un precio menor al publicado, sin mayor esfuerzo). Esta falta de seriedad es que la que le resta peso a la crítica y termina siendo funcional al modelo.]

El punto es que el costo de vida no es el precio de la leche. Ni de ningún alimento tomado aisladamente, aunque fuera con rigor. Obviamente, como indicadores para una charla liviana, están ok. Obviamente, los precios de los alimentos están más caros de lo que querríamos, y en algunos casos, llamativamente más caros que en otros lugares del mundo. Yo intento ser un poco más sereno en mis conclusiones. Estuve en Colombia, Brasil y Canadá en el último año. En los tres paises encontré cosas mucho más caras y cosas mucho más baratas. Lo único que atino a pensar es que los alimentos están más commoditizados que nunca, apenas relativizados por distintos condicionantes nacionales, como me comentaba mi amigo y economista Diego.

De pronto, en otra racha de opinionismo, uno escucha que, en Estados Unidos, la gente gana más y “el costo de vida es menor”. Y uno dice “la pucha digo, que mal que estamos”. Pero minutos más tarde cae en la cuenta “¿qué costo de vida?”. El costo de vida no es el precio del Big Mac. Un ciudadano norteamericano accede a cosas muy económicas y otras le resultan carísimas: pregúntenles por su sistema de salud, pero también por el precio del subte, el agua y la electricidad. ¿Cuál es el costo de vida? Ahí hacen su entrada triunfal estudios un poco más rigurosos que los que uno puede realizar a boca de consumo. Y ahí también se hace patente la contradicción que me motiva a escribir.

Por estos días, el tema es la quita de subsidios. La economía argentina está ampliamente subsidiada en varios rubros (aclaración para los lectores de afuera) , entre los que sobresalen el transporte urbano, el agua y la energía. Imagínense a un Francés reclamando una baja en el precio del agua “porque en Argentina la pagan X veces menos”. ¿Te causa gracia? Pues en este tema, nos encontramos con apreciaciones sobre lo “exageradamente barata que es Argentina” si se la compara con el precio, por ejemplo, del subte, en Londres, o del agua en Chile. Más de uno justifica que deberían subir las tarifas, basándose únicamente en esto (sin tener en cuenta que quizás el bien sea menos abundante, o cualquier otro condicionante, que los hay varios, además de olvidar que existe algo llamado “políticas”), pero por las dudas no deja de horrorizarse por la espantosa y rampante inflación, qué también es función de estas tarifas.

Y ahí es cuando me pregunto maliciosamente: ¿somos caros o somos baratos? ¿Cuál es nuestro costo de vida? Y peor aún ¿deberíamos tener los precios internacionalizados, o no? ¿Debemos compararnos o no? Cada una de estas preguntas requeriría un desarrollo, pero el punto es la consistencia a la hora de opinar, publicar titulares y hacer diagnosticología. Es importante saber y considerar que el costo de vida no es el precio de la leche, como tampoco lo es el precio del subte. Pero más importante es preguntarse, interiormente, qué tipo de argumentaciones utiliza uno para justificar lo que dice, y peor aún, lo que piensa. De lo contrario, caeremos una y otra vez en las contradicciones e inconsistencias que es tan fácil refutar con un sólido “ma’ sí, dejame de joder, con vos no se puede discutir, ¿no te das cuenta de lo que está pasando? No me vengas con boludeces…!”