Abogado y comunicador, dos profesiones no tan separadas

El siguiente es un comentario puramente personal y no se pretende académico ni exacto.

Dejé la Facultad de Derecho de un portazo, sin volver a mirar atrás. Fue una inoculación lenta, que mi cuerpo resistía, con algo de masoquismo. Entré por la defensa de la verdad y huí por la ofensa a la justicia. «Justicia» es una palabra que no se usa en esa academia más que para referirse a una institución, la matriz donde se dirime la profesión. Yo no estaba hecho para ponerme cualquier saco, ni estaba listo para aceptar que, al final, todo era papeleo.

Ahora soy comunicador, a punto de dejar la Facultad por la puerta grande. Me siento mejor como persona, y trabajo una materia más conectada con la humanidad, o al menos no mediada por leyes inertes. ¿Pero qué diferencia hay entre ambas profesiones?

Ambas, en su variable laboral más común, se dedican a abogar por un tercero. La mano que te da de comer decide lo que tenés que defender. La tarea es hacerlo lo mejor posible. Al final, promover una demanda contra el Estado por las leyes anti-tabaco o pensar una campaña para una tabacalera tienen un efecto similar en la sociedad. Unos trabajan por la imposición del discurso performativo, las leyes y sentencias, esas palabras que una vez escritas poseen el don mágico de convertirse en verdad por su propia promulgación. Otros trabajan por la imposición del sentido común, lanzando dardos al imaginario colectivo en busca de un impacto en las personas para que, a fin de cuentas, realicen una acción.

Discursos y acciones, de eso se trata. De presionar en la arena social a través de discursos para que se realicen acciones. Pura violencia simbólica. Ambos son guerrilleros de las milicias que los contratan, también llamados instituciones (no siempre empresas, sino también gobiernos, ONGs, etc.). Ambos pueden trabajar por el bien, pero el mercado suele tener más demanda para el mal, y «de algo hay que vivir». En definitiva, todo es cuestión de oferta y demanda, todo se reduce a la economía. De haberlo sabido antes, no hubiese abandonado esa tercera profesión que, al final, tras capas y capas de fetichización matemática, tenía la respuesta.