“La cultura somos todos“
Con esa, casi obviedad, Fer Isella (músico independiete argentino) terminaba este tweet. Por más que sea un argumento conocido el momento en que es dicho (y por quién) sirven de disparador para un tren de pensamientos. Lo que sigue es un desvarío germinal. Ayúdenme a pensar.
El concepto de balanza comercial es bien conocido: todo el valor de exportaciones de un país restado a todo el valor de las importaciones. Eso da un número. Si se exporta más de lo que se importa hay superávit, lo contrario da déficit. Simple.
¿Qué pasa si extrapolamos la misma idea a la cultura?
La primera impresión es que hay un claro desequilibrio a favor de las empresas productoras y distribuidoras de contenido. Al menos eso es lo que se nos induce a pensar.
Las generaciones criadas en frente de un televisor toman ese hecho como algo natural. Existe un emisor que produce, enlata, busca, genera el contenido y del otro lado de un cristal existe un consumidor que hace honor a su título. El flujo (no uso la palabra comunicación porque no lo es) es unidireccional.
Aún bajo ese escenario cultura no es el producto de contenido en si, eso es solo una parte de la cultura. Tomemos una canción de los Beatles como ejemplo, “Lucy in the sky with diamonds”. La canción en si, flotando en un vacío sin humanos no es nada. Tampoco se le suma mucho si se agregan autómatas que escuchen -o, incluso, disfruten- de la canción. El hecho cultural comienza cuando una mente la interpreta, la relaciona con momentos y vivencias y la comparte con aquellos que cree van a apreciarla.
Claro que lo interesante de los tiempos que corren (y corren hace 20 años) es que los principales abanderados “anti-piratería” son jugadores de segunda en la ecuación: las discográficas y editoriales son intermediarios otra necesarios pero cada vez menos importantes. Su rol es el de descubrimiento, promoción y distribución. Gracias a la internet los 3 puntos fuertes de las empresas -ahem- “generadoras de contenido” pueden, tranquilamente, llevarse adelante de otra manera.
Cabe destacar que el caso de los estudios de Cine es diferente, por presupuesto y la forma de hacer cine las megaproducciones necesitan de un estudio con enormes sumas de dinero disponible detrás.
Una vez, reunido con un alto ejecutivo de una discográfica, cuando le comentábamos acerca de las experiencias de satisfacción proactiva del cliente que estábamos llevando adelante nos contestó, con cierto grado de humor:
You pussies, we fucking sue our customers
(Maricas, nosotros demandamos a nuestros clientes)
Más allá de la ¿simpatía? con la que fue hecha la acotación, el comentario deja al desnudo cuanto aprecian a sus clientes la industria cultural. La transacción para ellos es relativamente simple: los artistas crean, las corporaciones promocionan, imponen y distribuyen, los consumidores pagan.
La realidad, como suele suceder, es un escenario bastante más complejo: el rol de los consumidores nunca fue tan pasivo como nos han querido hacer creer y, definitivamente, no es para nada pasivo gracias a la apertura de posibilidades que representa tener una computadora e internet en casa.
En el más sutil de los casos aquellos que aprecian la música van a promocionar activamente con sus amigos, conocidos y contactos. Para aquellos más creativamente inclinados puede suceder que los inspire a hacer un remix, usarlos como banda sonora de un film, inspirarlos a hacer cualquier cosa.
Para los reales beneficiarios del copyright (esos que se llevan el 70% del dinero que sale comprar una canción, un libro), todas esas actividades son, de alguna forma u otra, peligrosas, condenables, detestables. Nada mas lejano de lo real.
El vínculo emocional que uno crea con un objeto artístico es la cultura.
Bajo esa perspectiva cabería replantearse cual es la real balanza cultural. Los creadores de contenido llevan la de ganar, claro está, pero los que aprecian, comparten, promocionan la obra le dan algo a cambio, algo intangible y que no es dinero, pero a lo que se puede asignar un valor.
Irónicamente es ese mismo vínculo emocional lo que permite a las discográficas, editoriales y estudios tratar a sus clientes tan miserablemente. Si la empresa que me vende ordenadores me trata mal simplemente compro otra. Para una obra artística no existe reemplazo.
Si apreciamos el contenido cultural un poco menos como objeto de intercambio y un poco más como ente artístico la ecuación comercial va a caer sola en el lugar que debe.
SOPA, PIPA y las propuestas que seguirán pretenden tratar al ser humano como un ente que compra y poco más. No hay que dejar que nos transformen en los robots solitarios que ya creen que somos.
–
Nota al pie: no tengo relación personal con Fer Isella, pero si aprecio su arte, si quieren apoyar a un excelente artista Argentino y comprar su música (sin que intervengan intermediarios) pueden comprar su album “Cosecha”.