Por una comunicación institucional renovada

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Alguna que otra vez hemos despotricado tangencialmente en contra de lo institucional. Heme aquí, tras algunas lecturas y experiencias recientes que me volvieron a prender la mecha del desdeño hacia lo institucional como modo o género comunicacional.

Internet y particularmente los social media (¡esta vez, para perder la costumbre, no invocamos este término para atacarlo!) cambiaron radicalmente las expectativas de los consumidores en los últimos años. Lo que antes servía de pared sin rostro capaz de ocultar y amortiguar las demandas de la gente ya no es, ni creíble, ni bancable. Antes, la corporación y todo lo que ella conlleva -especialmente su estilo de comunicación-, representaban el norte de toda empresa. El objetivo último era parecer, a los ojos del público, una corporación hecha y derecha. Para tales fines, la imitación del tono corporativo con su enunciación acorporal, su «nosotros» difuso y sus formas acartonadas era la norma, al mejor estilo HAL. Y lamentablemente para muchos lo sigue siendo. Pero las fórmulas y los giros idiomáticos innecesarios ya cansaron, por su repetición y obviedad. Además, contaminan el discurso frente a un usuario que sólo está buscando depurar las interferencias y llegar al otro lado de la trinchera, y que es sensible a toda posible hipocresía.

En definitiva, al consumidor no le importa. Realmente, ¿a quién le importa más: a la empresa, que al comunicar de esta manera se siente «seria», o a la persona, que sólo lee palabras vacias (si es que, en el mar de información que nos inunda, decide gastar su tiempo en un contenido con poco atractivo, formas redundantes que alargan pero no aportan y escasa posibilidad de feedback real)? Honestamente creo que al público le importa un bledo el formulismo institucional. La gente tiene una ansiedad de conectar con gente cuando se trata de comunicación, por eso tanto irritan los infinitos contestadores automáticos y otro tipo de tecnologías robot-friendly. Lo más buscado y valorado es una comunicación sincera, emitida por personas. ¿Después de todo, no son las personas quienes hacen funcionar a las empresas?

No obstante, muchas nuevas empresas siguen armando su comunicación a imagen y semejanza de estos viejos estereotipos. Quizás sea sólo yo, pero para mí simplemente atrasan y restan. De una empresa nueva, espero un tono comunicacional innovador, fresco, directo. Espero encontrar un atractivo adicional. Pero muchos se empeñan en que toda esa perorata perimida es más «seria» que cualquier otra opción. Imagínense un comercial de radio con un locutor hablando como hace, no digo 50, sino tan solo 25 años. El efecto sería ridículo si su causa fuera que, simplemente, generación tras generación de locutores se hubiesen limitado a imitar a sus predecesores para cumplir con la norma.

Por todo esto, si lo que se busca es tener una comunicación institucional acorde a los tiempos que corren es preferible:

  • Mostrar la(s) cara(s). Nada menos creíble que un Quiénes somos que sólo mencione a «un grupo de especialistas con años de experiencia en el rubro». Hoy en día, más vale ser honesto y con esto acreditarse una credibilidad que se extienda al resto de las interacciones que tendrán la empresa y el consumidor.
  • Simplificar el discurso. La mejor forma de sonar serio y honesto es evitar el chamuyo. Este chamuyo no tiene que ver solo con los «grupos de especialistas con años de experiencia», sino también con las formas recargadas de un exceso de intencionalidad: «gracias a nuestra revolucionaria fórmula hacemos que las empresas crezcan de manera exponencial» que en el fondo sólo evitan decir la pura, lisa y simple verdad, lo concreto, lo tangible, lo real. ¿Qué pensarías de «un grupo de especialistas con años de experiencia en el rubro que cuentan con un producto revolucionario capaz de deleitar a los más exigentes paladares del mundo, combinando exquisitos ingredientes con el máximo cuidado para llevar a su mesa un delicado sabor de máxima calidad»? Para vender una pizza es un poco mucho, ¿no? Mejor, sé vos mismo, sin vueltas, y decí realmente lo que hacés. El público te lo va a agradecer.
  • Abrir los canales. Sí, hay canales nuevos. Sí, es aterrador. Pero la mejor forma de no embarrarla con esto es aceptar su advenimiento, tener una estrategia, capacitar al personal y aceptar que gran parte de tu comunicación institucional va a terminar pasando por ahí. Y si va a pasar, mejor estar preparado. Prohibirle a los empleados usar Twitter es ridículo. Pero quizás también lo sea liberar completamente su uso sin pensar en una forma de transmitirles las implicancias de esto, que son institucionales.
  • No sobreactuar. Quedó claro, lo dije, hay que abrazar las nuevas tecnologías. Pero tampoco hay que meterse en todo, porque «hay que». Si no vas a poder estar de una manera sincera en un canal, mejor no alardear de más. Una empresa que quiere demostrar que está en la vanguardia pero no lo está, tarde o temprano también queda en evidencia y se ridiculiza frente al público. Lo mismo vale para el tono o los giros idiomáticos: si no sos un canchero bárbaro, no escribas textos cancheros que no van. Y no te mates en buscar la nueva palabra copada-con-guiño para describir a tus expertos (gurú, ninja, sensei, jedi, bla bla bla), a menos que tu mayor preocupación en la vida sea demostrar que creaste la nueva palabra-copada-con-guiño para describir expertos. Muchos no se dan cuenta de que la mejor manera de seducir a alguien cool generalmente no es diciendo de sí mismos lo cool que son. Ejemplos sobran.

A pesar de este pequeño decálogo, vale aclarar: todo esto no quiere decir que lo contrario no funcione. De hecho funciona, generalmente para un público ignorante. Y por otro lado, hay muchos ejemplos de empresas que se adaptaron y que dan la pauta de cómo hacer las cosas bien.

Estas puntas, más bien, tienen que ver con una forma que intenta ser correcta, directa y ética, con la convicción de que así se crea un verdadero beneficio para la entidad a través de la comunicación institucional, especialmente en ciertos targets con determinadas competencias (generalmente líderes de opinión, por esas mismas competencias). Y a pesar de que sea más fácil seguir imitando a las fórmulas clásicas, las instituciones tienen que empezar a entender que en esa elección están perdiendo la oportunidad de mostrar realmente quiénes son y, especialmente, de diferenciarse. Peor aún, con esta actitud sólo le allanan el camino a los que ya aceptaron que Institucional, como lo conocimos hasta ahora, está muerto.