En la Argentina, desde hace varios meses, se han puesto en marcha una serie de restricciones a la compra de divisas extranjeras (principalmente dólares). La finalidad anunciada de tales medidas es evitar la “fuga de capitales”. También se aduce cierta intencionalidad de control fiscal, pero no resulta demasiado creíble.
Ahora, este es el típico caso en el que el remedio es peor que la enfermedad.
Mucho se ha discutido acerca del principio del “con mi plata hago lo que quiero”, pero ya desde un punto de vista netamente económico las medidas son problemáticas.
Al limitar la libre compra/venta de divisas se genera, inevitablemente, un mercado negro paralelo, conocido simpáticamente en la Argentina como “Dolar Blue”. Mientras el dólar oficial cotiza a $4.50 pesos por cada dólar, el paralelo se sitúa cerca de los $6.00 por cada dólar. Esta disparidad es nefasta a nivel macroeconómico. Veamos por que.
Simplificadamente, la base monetaria de un país se basa en ingresos, que permiten la emisión de moneda y egresos que la limitan (en el cuadro se deja por fuera la recaudación impositiva a favor de la simplicidad del modelo explicativo):
La deuda cubre un doble rol, por un lado permite sostener las reservas, pero, al tener que pagar las obligaciones, reducen el capital disponible. Durante la década del noventa, mientras se mantuvo la paridad 1 dólar = 1 peso, se hizo netamente colocando deuda. El problemita de ese modelo es que estalla. Como sucedió en 2001.(*)
Simplificando bastante las cosas, si tengo 1000 dólares de reservas y quiero que mi peso valga $4.50 por dólar no tengo más que emitir moneda por esa cantidad. Si emito más la moneda se devalúa (causando presión inflacionaria). Si tengo más reservas y no emito, mi moneda se revalúa, encareciendo los costos y disminuyendo la competitividad.
Cuando existe un mercado paralelo de compa-venta de divisas extranjeras, sucede un fenómeno bastante curioso:

Sigamos con la idea de que poseemos Mil dólares de reserevas que nos permitieron emitir 4,500 pesos.
Aparece alguien quien puede comprar en el mercado local 100 dólares. Las reservas bajan a 900 dólares, pero el dinero “circulante” disminuye en igual proporción.
Luego, se toman esos cien dólares y se venden en el mercado paralelo a 6 pesos por cada dólar.
Al final del ciclo volvemos a tener 1,000 dólares de reserva, pero “la calle” necesita ya no 4,500 pesos sino 4,650 pesos.
Ante esta situación el gobierno puede:
- Intentar aumentar las reservas (mediante impuestos, sin acceso a financiamiento no hay otro camino)
- Emitir más moneda (devaluando y generando presión inflacionaria)
- No hacer nada (cayendo, entonces, en un serio problema de liquidez, causante de enfriamiento económico)
Podría argumentarse, entonces, que las políticas implementadas para evitar la “fuga de capitales” son el equivalente económico a sacarse la astilla de un dedo con un escopetazo: los problemas derivados son mucho más complejos que los problemas que se intentan evitar.
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(*) Que no se entienda que toda deuda es mala. La regla general debería ser algo así: Si los beneficios derivados son mayores al interés que se cobra por la deuda entonces es una buena idea. Sentido común ¿vio?
Nota final: las explicaciones de este post están muy simplificadas para poder publicarlo en un blog en lugar de tener que escribir un libro.

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